lunes, 3 de diciembre de 2018

Sopa de cebolla

Ya sabíamos que era así, cualquiera que me conozca un poco lo sabe. Entre los valores aprendidos, los que me importan y guían, siempre ha prevalecido tratar de ser generosa y amable con los demás. Lo que no me enseñaron en su día es que, demasiado a menudo, la gente no responde en la misma medida. Decepciones, esa es la palabra, y duelen.

No te avisaron que a veces duelen muchísimo.

Así que oyes algún "lo siento" que no sienten.  Y no puedes evitar poner la otra mejilla, siempre acabas poniéndola, porque no puedes dejar de ser quien eres.

Escuchas un "yo antes era así, pero aprendí que hay personas que no merecen la pena" y algún "cuando no esperas nada de nadie, no pueden decepcionarte", que sabe a razón y a gloria, pero que es pura filosofía Aristotélica dibujada en la arena. Y te planteas si deberías cambiar, si algún día tú también cambiarás. Pero con sinceridad no lo crees. Porque te ha tocado la maldición de que te importe. Te ha tocado ser de las que prefieren ser la decepcionada a la que decepciona, y mañana te volverá a tocar pensar "joder, duele".

Echas mano de toda la comprensión y empatía de la que dispones, y ni tú sabías que aún te quedaba tanta paciencia en el frasco, para pensar un "bueno, no pasa nada. Probablemente en su lugar yo haría lo mismo", aunque sepas con certeza que no es así, que tú no harías lo mismo. Con razón te sientes idiota buscándole luz propia a la Luna. Con razón no entiendes de dónde te salen las fuerzas para seguir dibujando y cantando a veces.

Total, que esta noche he cocinado sopa de cebolla. Y no estaba tan deliciosa como la última que probé, pero era justo lo que necesitaba en esta fría noche del Lunes. Y supongo que con lo demás que venga pasará lo mismo.


jueves, 19 de abril de 2018

Mały

I hear him, like a gentle murmur in the peacefulnes of the night, breathing deeper. It's an internal moan, between lament and damnation. "Again, -I think- he is not able to sleep." And with agile and warm movements, I feel him this way changing repeatedly positions.

I don't understand very well howcome, his presence brings me peace.

I hunt his breath with my nape, as if it was spring air after the long winter. "If he hugs me it means he likes me"

And it doesn't take long until he punts his arm around my ribs, and he presses me warmly against himself. Suddently I realize I've been millimeter made to fit on him, as commissioned. And his shoulder perfectly fits the angle of my nek that rests on it. It's winter, but it's not cold anymore. I forget about everything. I forget about his past, about my present, and I forget that he is not able to say me that he is happy with me, because his breast breathing against me says much more. It tells to me that we are not aware of how much we would miss each other if this fate wouldn't have played to get us together, in that precise moment in which two devastated hearts needed urgently to be rehabilitated.

Today I believe that eternal passions, as Oscar Wilde used to say, come promptly to an end. Patience, affection, understanding, time and the desire to make someone else happy result in true love.

Today I certainly know the hearts are made by crystal, the same one as his wine glasses, delicate and fine crystal. So fragile that it can be broken with just an idea, and get cut anybody who try to repear it.

We were two broken hearts cutting each other. From fearness and pride it's so difficult to see clearly who is getting close to you, and even more difficult to let him do it. We had to "learn" each other. To discover that different doesn't mean worse. We had to let it be.

I felt him opening his armor, and letting me get into his world of confessions, where we talked for hours, where there existed before only discussions with himself.

He is calm sea. He is safeness and protective hug in a forest. He is mirth in a car listening Batman soundtrack. He is skating with my dog in the gear. He is a storm day with movie included. He is Haribos with smile in the background. He is slow breathing in a siesta in Malaga.

So I said myself, "just give me time". There is so many little things I would like to share with you. I want to tell you secrets that only I know, and see you smiling while hearing them. I want to show you my world, my small land and my people, my movies and books, my food, my art, my past. So there will be a moment that you can read my thoughts, and there will be a moment you want me to read yours.

We embark together again in our favourite morning practice. I feel that I just want to caress his skin, and that he says me name, that he repeats it, because I swear nobody had made it sound so good before. Last sigh, and I wait. "Please, kiss me in the cheek.-I keep thinking- Please do it". Because these little things are the ones that make me feel all what he doesnt say.

He caress me, first with the hand, and then with his lips, and he smiles to me, drowning me in his crystal sapphire eyes, where I would like to spend the whole day. Time doesnt exist. It wouldn't make sense.

viernes, 16 de junio de 2017

Todo

Recientemente se sucede que reflexionas afligido, melancólico, sobre todo aquello que, según tú, no eres. No hablo por hablar cuando te digo, te prometo, que me pesa como piedra en el pecho el oírte así, porque por desgracia los Km hacen imposible un abrazo. Por esto he decidido escribirte algo, papel mojado quizás, para decirte que sí, que hay muchísimas cosas que no eres, pero que lo realmente importante es todo lo que sí eres : Eres Napoleon y Laffayette, sacando sonrisas de 4 años en cuerpos de 26. Eres la canción del opening de “Death Note”. Eres Golden Retriever al llegar a casa. Eres Tapón, con su gorra de los Yankees, tratando de salvar a Indiana. Eres Ross, Monica, Chaendler, Phoebe, Rachel y Joey cuando necesito reír. Eres helado de tarta de queso. Eres Finn y al mismo tiempo eres Jake. Eres los 10 primeros minutos de Up, y lo que quisiera que fuera mi vida resumida en esos 10 minutos. Eres la Selva Negra en invierno. Eres 1920 en “Le Chat Noir”. Eres Kvotte gritándole al viento. Eres Burt Lancaster en “De Aquí a la eternidad”, Gregory Peck en “Matar a un Ruiseñor”, Cary Grant en “Historias de Filadelfia”, James Stewart en “La soga” y Paul Newman en “La gata sobre el tejado de Zinc”. Eres Chihiro descontaminando a Haku, el río. Eres Thai. Eres Muerte entre las Flores. Eres paseo en bicicleta por Amsterdam. Eres Gus cogiendo todos los granitos de maíz. Eres cada nota de la caja de música de La Muerte tenía un precio. Eres gato Cheshire cuando necesito encontrar el camino. Eres Catalina. Eres Yugoslavia comprado en Serbia. Eres historia contada linda. Eres un aldeano robándome oro. Eres el Son de Notre Dame con risas por en medio. Eres The Artist. Eres cita de Groucho Marx y espectáculo de Les Luthiers. Eres un episodio antiguo de los Simpson. Eres Zaz en Montmartre Eres Arquímedes “sensitivo”. Eres Orfeo intentando no perderla. Eres la última gota de la clepsidra de mi espera. Eres Mastín Napolitano. Eres jugar a que me matas de un ataque de miocardio escaleras abajo. Eres La Abadía. Eres León. Eres paz. ¿Te das cuenta? Tú sólo miras aquello que no eres, y yo sólo veo que para mí eres todo.

viernes, 22 de enero de 2016

Haat


He pensado cientos de veces como comenzar esta carta, y en todos los intentos he fracasado. Lo único irrefutable es el destinatario. Porque se me escapan, sigilosas entre los dedos, las palabras, y es irrisorio, cada vez que lo pienso, buscarle sentido a la huella del paso del tiempo y a cómo la distancia cumplió su promesa. Pero duele, duele de manera desorbitada cuando pienso en cómo me quisiste. Y es que cómo me quisiste. Me viene a la memoria aquella época en la que sabía, porque era una realidad, que darías la vida a cambio de la mía. Aquellos días en que las horas se nos quedaban pequeñas, en que compartirnos lo era todo. Aquel tiempo, que queda ya lejos, en que no soportábamos dos días sin vernos. Y no puedo más que odiarte. Te odio por ser consciente de que besaba por donde pisabas, y de igual manera sabías que para ti ya no era lo mismo; por tu sonrisa perfecta, tu olor; te odio por hacerme sentir la mujer con más suerte en este mundo, para después llevártelo todo; te odio por tus brazos, que fueron milimétricamente calculados para que yo encajase en ellos; por cada caricia protectora; te odio por haberme dejado ser desmesuradamente infantil a tu lado, porque ya no quiero serlo con nadie más; por consentirme ser “un vampiro energético”, lo llamaste. Te detesto por tus lecciones de historia en cada viaje; por las sinceras carcajadas y las cosquillas dolorosas. Te odio por ser tú, pero sobre todas las cosas te odio porque no hay otro como tú. Y tan fervientemente como te odio, te quiero y te querré siempre.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Prometimos que viviríamos en la casa de Bilbo Bolson.

Someone like you

Hace unos días Paris fue víctima de unos terribles atentados, y yo no pude más que encontrarlo fríamente irónico. Paris fue aquella ciudad en la que deposité mi alma y todos los recuerdos ligados a ti. Donde puse mi corazón. El lugar que por primera vez visitamos juntos, el viaje perfecto, lleno de paseos por El Sena, y donde volveríamos tarde o temprano, porque era nuestro. Paris siempre olerá a ti. Y hace unos días Paris se rompió, conmocionando al mundo, y a mí, que no pude más que llorarlo en silencio. Ni siquiera me atreví a opinar, porque pensar en esa ciudad es pensar en ti y es, ahora, pensar en triste. Te sorprenderá que te diga que no me permito llorar, tú que me has visto hacerlo con anuncios de Coca-cola, cuando Chaedler le pide matrimonio a Mónica,  cuando Eowyn mata al Nazgul por su padre o en las cien mil quinientas veces que hemos visto juntos los 3 primeros minutos de Up. Pero eso sólo son tonterías, y una puede darse el lujo de llorar por tonterías. Cuando estás mal realmente, cuando todo es gris y el problema es serio, cuando quieres tumbarte en la cama y que los días tan sólo pasen de largo, entonces tienes que ser fuerte, y no puedes llorar, porque eso terminaría por derrumbarte. Es difícil, no voy a decir que no, y me siento fuerte, más fuerte que nunca, porque no pensé que pudiera seguir respirando una vez acabases conmigo. Pero la vida sigue, y el consuelo más fuerte que me queda es pensar que no salgas del todo de ella. Sigues siendo ese pilar fundamental que da sentido a las cosas, el único que va a entender mis ataques de nervios, que en su día te prometí controlar. El único con el que compartir nuestra afición por el buen cine, por viajar, el que me enseñe historia con tanta paciencia, que aguante todas mis innumerables manías, me haga los coros con las canciones de Disney y apague mis monólogos con un beso. Siento escribir esto, pero siempre has sabido que escribir es mi mejor manera de desahogarme, mi propia terapia para el alma. Qué más puedo decir, siempre nos quedará Paris.

jueves, 3 de septiembre de 2015

El empeño

Sus fuerzas se fueron desvaneciendo lentamente, como una fina capa de polvo que levanta una mano al deslizarse. Hoy le es casi imposible recordar al hombre del que se enamoró. Las caricias, esas miradas que hicieron se sintiera deseada, los detalles con los que la conquistó, como aquel barco de papel enjaulando la promesa de protegerla siempre. Sí recuerda sin embargo sus ganas de volar, y aquel miedo que la había abrazado siempre, ese temor a quedarse sola. No es su culpa, se repite. He de ser comprensiva, se convence.
Con 32 años comenzó a quedarse ciego. Aquel amante imbatible de la lectura, adicto al cine e inversor de horas en museos. Fue rápido. A los pocos meses sus ojos sólo eran aptos para llorar, mientras ella incansable trataba de secarlos.  Veía sombras, según decía. Y las sombras le torturaban bajo la máscara de la esperanza, burlándole, haciéndole ver obstáculos inexistentes, abrigando la ilusión de no perder completamente aquel sentido. Se convirtieron en sus aliadas y su mayor enemigo al mismo tiempo. Dejó su empleo, o éste le abandonó a él, y pasaba los días en casa, escondido, con un pánico incontrolable a salir a la calle. Podrían verle confuso, guiándose con el tacto de las paredes, sin saber volver a su casa, o incluso tropezar y caer. Podrían robarle aprovechándose de su estado. No estaba preparado. Ni siquiera abría la puerta al cartero. Únicamente esperaba, la esperaba a ella. Fue durante años su único refugio, ella le leía por la noches, le llevaba a pasear, le ayudaba con el braille, con el bastón. Colocó hilos por toda la casa para guiarle. Se encargaba de todas las tareas de la casa. Le abrazaba, consolaba, le amaba. Le deseaba como el primer día, y por la mañana, volvía a trabajar. Nunca salió de aquellos tiernos labios ni una sola queja, y eso le frustraba aún más. El sentirse tan dependiente e imposibilitado, y especialmente tan asustado, le hacía enfurecer. Si ella decidía irse, su mundo se caía. Tuvo que empeñarse en cortar las alas de las que se había enamorado.
Aquel terrible miedo le dio tregua un penoso día. El mismo en que comenzó a beber. Solo o con amigos, daba igual. El alcohol mitigaba el dolor, todos los males se desvanecían. Aparecía tirado en las aceras, perdido en callejones, y ella…Ella limpiaba los vómitos, recibía llamadas de desconocidos para que fuese a buscar a “un ciego borracho”, pasaba noches en vela tratando de darle caza y en su tiempo libre, lloraba. Lloraba sola y sin consuelo por no poder hacer desaparecer el sufrimiento de su marido. “Sé comprensiva, él sufre”, se decía.
Una de esas noches en las que él llega ebrio y ella espera pacientemente discuten. Porque todas las velas se han consumido en la casa y él no es capaz de verlo, y la única manera que tuvo de saber que su mujer lloraba fue con aquel golpe. Ahora sí, se hace el silencio y cambian los papeles. Ella está asustada y él cae al suelo entre lágrimas, consciente del error, ruega perdón. Duermen abrazados hasta que amanece, él palpa la cama y ella no está.
-Te vas, ¿verdad?
-Nos vamos, los dos. Vamos a conseguir que te cures.
-Cariño, no voy a recuperar la vista, ya oíste a los médicos.

-No es la vista de lo que estoy hablando. Puedo ser los ojos de un hombre ciego, pero no la razón de un loco. Y el de la pasada noche, el de las pasadas doscientas noches, no estaba cuerdo. Así que nos vamos. En las maletas sólo hay ropa y libros. Te voy a llevar a oler los bosques de Noruega, que pruebes su miel y sientas su frío en la piel. Que palpes la nieve. Que percibas el viento en un trineo guiado por perros, que adviertas que existe mucha vida más allá de lo que sólo puedas ver. Voy a describirte la aurora boreal con todos los detalles, y a cantarte como es un amanecer a las doce de la noche. Y cuando descubras lo maravillosa que aún es la vida, cuando te sientas con fuerzas para comerte el mundo, volveremos.

lunes, 2 de febrero de 2015

Sorna

Hacía tiempo que se sabía abrumada por aquella ironía, aunque en aquella mañana era el peso de la angustia el que le impedía levantarse. Debería sentirse feliz, al fin y al cabo, si gran parte de este mundo no consigue querer a una persona de verdad.

Quizás debido a su seguridad, llámenlo arrogancia, o quizás como una lección imperiosa que aprender, tuvo que ceder y aplaudir aquella jugada de la vida, pareciéndole que se reía de ella mientras la apuntaba con el índice.
Aún no sabía atarse los cordones y ya mostraba una decidida perseverancia. Cada determinación se volvía inapelable, y acogía dentro una seriedad propia de los más adultos. No es de extrañar pues, que aunque de forma juguetona y dulce, siempre hiciera notar sus opiniones  y, gran número de veces, las convirtiera en norma.

Habría querido, esa mañana, regresar al pasado y decirse a sí misma “nunca digas de este agua no beberé”. Cuántas veces había reprobado las acciones de otros bajo el sencillo lema de “no haces eso si estás enamorado de alguien”. ¿Cómo entonces? ¿O por qué? ¿Quién iba a esperar conocerle en ese momento de su vida, cuando todos los nudos estaban ya más que atados, cuando los planes de futuro eran hechos del presente? “Resulta que sí es posible querer a dos personas al mismo tiempo” pensó aún apoyada en la almohada. Venía negándoselo desde hacía meses, con la inocente certeza de que, al no admitirlo, no había pecado. Y sin embargo estaba enganchada. Sonreía al teléfono si él le escribía, le brillaban los ojos cuando la llamaba, y era consciente de que no podía dejar de tomar aquel inocente café con él. Quería a su marido, era algo innegable, palpable. Aún le daban escalofríos cuando su esposo la tocaba, y sabía con convencimiento que quería que fuera él el que la hacía enloquecer entre las sábanas. Entonces, ¿por qué seguía “el otro” en su cabeza?

Entra en la ducha temblando de nervios. Todo es inconsciente porque toda la lucidez de la que dispone la abarca él. Hace meses que esta historia empezó, y no hay nada que contar. Al advertir la situación, simplemente lo aceptó. Podía querer a dos personas, pero no engañarlas. De modo que eligió, no sin aflicción, pues fue una de las pruebas más difíciles de su vida, y se prometió dejar que “el otro” siguiera su camino. Durante meses trató de hacerse a la idea de que él encontrara otra, de alegrarse por su felicidad cuando se diera.

Se maquilló los ojos, hacía tiempo que no se los arreglaba así, y se pintó los labios, porque hay ciertas cosas que no pueden decirse con los labios al desnudo. Las doce y media. Aún quedaba media hora para su encuentro. Repetía una y otra vez lo que quería decirle, de diferentes formas, que al final siempre se resumían en lo mismo. No se quedaba en blanco ante el espejo, como lo había hecho ante él. No le temblaba la voz, como la noche anterior. Cada palabra era el reflejo de la certeza y la determinación, cada frase era indispensable. Sabía lo que quería decirle, y se lo tenía que decir.

Baja en el ascensor. No suele hacerlo, y es el reflejo de los nervios lo que impulsa a cambiar ese día. Recuerda la noche anterior, las presentaciones, la cena, y a ella. “Serenidad”, se había dicho, y mantuvo la compostura cual mujer prudente que se considera, hasta que les vio abrazarse, y él miraba a aquella extraña como la había mirado a ella meses atrás. Se besan, y duda que pueda el corazón pesar tanto como lo percibe. La angustia en el pecho la ahoga. Se moja los labios, y pestañea con parsimonia antes de salir del bar. Segundo cigarrillo de su vida, tras aquel susto con el corazón de papá.

El timbre del ascensor al llegar abajo interrumpe sus pensamientos. Se enjuaga los ojos, adiós al maquillaje. Y en su mente de nuevo las palabras que tiene que decir, que él tiene que oír. ¿Por qué no fue capaz a decirlo anoche? De nuevo se ve delante de aquel bar, y llueve a mares. El chaparrón le corre por la cara y sin embargo le parece imperceptible.

-¿Qué te pasa? ¿Por qué estás aquí?

Se queda muda. Aquello sí que era impropio de ella. Doña “Siempre sé qué decir”. Señorita “Sin pelos en la lengua”. No puede más que mirarle, pero apreciando de verdad, penetrando en sus ojos para sentirse dentro de él, porque en ese momento es lo único que quiere. Y allí, en aquella frágil penumbra, su torpe ternura no es capaz a explicarle que no son gotas de lluvia lo que resbalan por sus mejillas.


Diez minutos para que él llegue. Compra un café; no, mejor un zumo. Ya está suficientemente inquieta. Aquella foto en la cartera le recuerda su elección, y detrás de ésta se esconden mil motivos. Fue una decisión que tomó con meditación. Una lista de pros y contras en medio de la noche, ¡qué típico de ella! No deben disponerse los juicios en un impulso. “No es justo”, piensa. Cierra la cartera, y una mano juguetona le tira del pelo. Se van todas aquellas frases memorizadas, se esfuman las palabras acordadas. Una sonrisa amistosa, porque les quiere demasiado para ser tan egoísta. Porque sabe que no concebiría su vida sin alguno de los dos. “No se lo deseo a nadie” se dice.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Leer el 2011

Existe una lista, un pedazo de papel tan sólo, un muro de deseos y predicciones que se colocan como piedras, que consolidan el transcurso de un año. Se guarda en el olvido durante todos esos meses, se percibe descuidado y, por lo general, pasada inadvertido. Permanece plegado, y como única señal para reconocerlo lleva escrito el año del que, en su interior, profetiza.

            Familiares, amigos, conocidos, mascotas…unos van, otros llegan. Todo cambia y nada lo hace realmente al mismo tiempo. Cortas tu cabello, renuevas tu ropa, te mudas, lloras, ríes, te enamoras, olvidas, creces, y al final del camino, observas que apenas has avanzado.

            De modo que tras tan sólo un año, desdoblas aquel trozo de papel y lo lees, y todo se esfuma entre tus dedos y ante tus ojos. Parece imposible contar los días desde la última vez que lo tuviste entre tus manos y ver lo lejano que queda aquello. Observas como las rocas más firmes a veces se quiebran, y son sustituidas por otras que nunca creíste pudieran hacerlo.

            ¿Algo que resaltar? Un adiós para siempre. Un viaje inolvidable. Unas/os amigas/os que nunca fallan. Y alguien al que nunca pensé pudiera querer así.

            ¿Y el año que viene…? Leer un 2012.

lunes, 22 de agosto de 2011

...

Camina solo, salvo por la compañía de su delgada sombra en el pasillo, cosida a sus pies y terminada en un característico sombrero, antaño elegante. Al menos esta vez ha llegado a tiempo para sentarse en la cabina, en uno de los asientos cuya manta de naranja polvo se deja entrever gracias al infatigable Sol, que convierte aquel espacio en el porche de una casa de alguna película del Oeste, deslumbrando y volviéndolo todo amarillo, ocre, marrón o rojizo.

Se dedicará a observar, como cada día, las historias que rodean el vagón. El hombre amable, de ajado traje verde, antes chillón, ahora callado, con un bigote que, por extrañas razones, hace recordar al de un Grifón. Recogerá las botellas de vidrio que otros han tirado a la basura y, con suerte, disfrutará de otra comida mañana.

En la cabina nº14 probablemente esté Ana, que decora su soledad de negro en memoria al que fue su marido. Y ya son más de 16 años recogiendo el Sol con ese oscuro traje. Ella siempre saluda elevando el mentón hacia el cielo con un sutil movimiento, al tiempo que su sonrisa transmite compasión.

A su derecha está la joven de rizos negros azabache, y sonrisa blanca, que le recuerda a las piedras impecables de canto redondo que recogía en la playa y enfrascaba en cristal, para adornar el salón. Parece ese tipo de mujer que ilumina el mundo al bailar. Ella lee. En cantidades inverosímiles. Cada vez que la encuentra tiene un nuevo libro en las manos, y se sumerge en cada página completamente inconsciente de la presencia de alguien, que le habla, hasta un par de minutos después. Él se fija en que el tamaño de la pupila, carente de función, varía en estas ocasiones.

No muy lejos de ella, está el chico de pecas en las mejillas que la observa desde hace varios años. Innumerables veces ha recorrido el eterno camino hacia el asiento de ella para acabar desviándose, acobardado por el terminar rebelde de sus rizos, hacia el lavabo. Estudian lo mismo. Probablemente estén en la misma clase, pero ella no parece saberlo. Es probable que no sepa ni siquiera que él existe, pues poco llama su atención fuera de los mundos de Julio Verne u otros autores. Lamentablemente, esto seguirá siendo así a menos que el joven dé el paso. Ella no se fijará en sus pecas si no puede leer braille en ellas.

Podría pasarse la vida estudiando las historias de ese viejo tren. Los mochileros que van y vienen, y se indignan en diversos idiomas, los fumadores que se reúnen en los pasillos para dejar su fina estela de humo.

Se ha dado cuenta de que hace ya demasiado tiempo que no asoma toda su cabeza por la ventanilla, que no se ríe como antaño; de pronto ha percibido su vejez, y los años pesan más que nunca sobre su espalda.

Recuerda aquel vagón en un suave color sepia, y su traje y sombrero vuelven a ser elegantes. Tiene pelo en su cabeza, y el tren está en mucho mejores condiciones. Se detiene la maquinaria. Chirrían con escalofriante agudez las ruedas en los raíles. Es su parada, pero no se bajará aquí. Esperará hora y cincuenta minutos más y dejará pasar tres estaciones, con la única finalidad de respirarla.

De pronto vuelve a la realidad. Ya no le gusta nada que no sea ella, su perfume, su risa, los años en los que la veía...y ya han pasado de éstos desde que la inhaló por última vez.

Ahora mira al chico de las pecas, y se ve reflejado en él hace varias décadas. Está sentado, moviendo la pierna; es puro nervio lo que le provoca tan sólo mirar a la joven de los ojos en las manos.

Última parada. Todos se bajan. Ella siempre espera ser la última, no sabe que el joven irá detrás para protegerla. Él aguarda a que se levante para seguirla desde cerca, no es consciente de que ella lleva dos años aspirándolo en silencio.

sábado, 20 de agosto de 2011

(=

Hurgo en un mar de palabras, y sólo encuentro sal y espuma para expresar lo que hoy siento por ti.

domingo, 14 de agosto de 2011

Mi última estación

Todos fueron absoluta y completamente necesarios. Ahora lo sé. Cada error, cada movimiento en falso, cada una de las piedras que intentamos en vano sortear, y con la que se tropezó el hilo que juntos trazábamos, para separarse en dos hebras, que sonreirían a distintos porvenires.

He caído en la cuenta, quizás más tarde de lo que debería, de que no hubo ni uno de todos ellos prescindible.

Entonces lloré, a pesar de haberle prometido a todos mis fragmentos de conciencia no hacerlo, y grité en susurros al aire, furiosa con todo aquello que nos unió para posteriormente jugar a distanciarnos. Creí no iba a encontrar nunca a alguien a quien querer como a ti, a quien volver a sonreír por la mañana. Concebí imposible un futuro sin tus caricias, por todas esas casualidades que parecían estar escritas para enlazar nuestras vidas, por todos aquellos sucesos, momentos, segundos eternos y a la vez tan efímeros, que no podían sino formar parte del plan existente para nosotros.

Erré. Fatídicamente, y de nuevo; estaba equivocada. Soy consciente ahora de que eres una estación en la que mi tren hubo de parar antes de continuar su camino, y de que cada fallo fue cometido para no repetirlo en el destino final de este viaje.

Espero seas capaz de verlo de la misma forma, y poder decir como yo que recuerdas con cariño esa etapa de tu vida, que no tienes sino un dulce sentimiento de amistad, y que sonríes gratamente cuando te preguntan por mí.

Quería agradecerte el abrazo que me ofreció tu parada, pues ahora he de continuar el sendero que traza la férrea vía del sino, dejando la huella de mi vagón, que espero sepas cómo conservar.

Quizás no tenga tanta suerte de estar en mi última estación, tal vez queden muchas aún. Pero puedo afirmar que es un espacio cálido y agradable, y que hace cómoda y feliz mi estancia en ella. Procuro día a día no cometer los mismos errores que vi escapar entre mis manos contigo, aprender a rematar los bordes descosidos que el tiempo y la distancia acostumbraron dejar a la vista, a abrazar la confianza y alejar todos los miedos que nos dejaron ciegos, sordos y mudos en nuestra experiencia. Estoy aprendiendo a querer de verdad, a darlo todosin esperar siquiera una sonrisa, un delta de arrugas en el vértice de unos ojos. Estoy aprendiendo a aprender. Es a lo que muchos pretenden referirse como madurez, o crecer a partir de los errores. Es lo que yo bautizo como avanzar en la vía de la vida.

domingo, 26 de junio de 2011

Te encontré


Ya hace tiempo que vengo sorteando lo que se presenta como una innegable realidad, batiéndome, cabezota, contra ella; como el niño que se enzarza en una batalla perdida contra el furioso mar y pretende frenar las olas.

Ha llegado un momento en el que lo más esperado del día es una llamada. Y que diga mi nombre, que lo repita, porque prometo que nunca nadie lo había hecho sonar tan bien.

Es curiosa la pérdida de los sentidos cuando eres consciente de ella. Aunque no quieras, aunque la esquives. Un día te darás cuenta de ello y querrás hacerte la sorprendida. Y una vez más me veo a mí misma como veía a aquel fiel amigo de orejas largas, que giraba la cabeza a la derecha buscando el origen del ruido burlón que al momento le desconcertaba por la izquierda. El mismo que pretendía rastrear en el aire el olor de la comida que mamá aún no había preparado. Y de igual manera he olido yo la noche de reyes una tarde de Junio, y un paseo por el Puerto de Santa María en uno de mis viajes a la biblioteca de esta tierra sin mar. Será ahora, tiempo carente de paseos a su lado, de descansos de quince minutos que sin quererlo duran horas, que empiece a evidenciarse preocupantemente este inminente extravío de los sentidos; que comience a disfrazarse su cara en todo nimio rostro de transeúnte que me cruce; que en todas las voces busque ese tímido acento que él pretende esconderme…será ahora cuando todo el azúcar que añado al té se presente amargo en comparación con un beso suyo.

Aún se atreve a decirme, no sé si siendo sincero, que piensa no le echaré de menos. Todavía no llega ni a intuir siquiera lo borracha que me tienen sus abrazos; el respingo de piel que infunde con una sola caricia, la pérdida de todo juicio que suscita su sonrisa o la carencia de importancia que adquiere el tiempo a su lado. No existe reloj, no tendría sentido.

De modo que aquí me encuentro a mí misma deambulando por el laberinto de recuerdos de lo que ha sido un año corto, muy corto, pero intenso, y detestando así la ridícula sonrisa que se estira con disimulo en este aniñado rostro cuando voy sola, recorriendo distintas calles, y pienso en él. En esas arrugas en los ojos al reír, en la cara de “niño del columpio”, la manía de girar el colgador de mi cuarto ( y es curioso, porque esto en especial lo añoraré extrañamente), un “Tai” que descubre una carcajada, las infatigables cosquillas que nunca quisieron encubrirse, las horas de secuestro, las caricias, una mirada entre simpática y pervertida, un monólogo que enmudece con un beso…un te quiero inesperado por primera vez…


No tienes ni idea de cómo me alegro que este destino burlón nos haya hecho encontrarnos.

martes, 1 de marzo de 2011

La danza de las manos


Ya ha comenzado a mover las manos. Me habla parsimoniosamente al oído izquierdo, porque quiere que escuche cada una de sus palabras, pero sólo oigo la melodía que entona. Y continúa ese gracioso baile con la mano izquierda, ingenuo, gira la muñeca una y otra vez…está nerviosa, y esa es su teatrera forma de expresarse. Dedos de pianista que van y vuelven, de su pecho al aire, del aire a recoger su pelo, detrás de la oreja para acabar en su cuello, allá donde hace unos días la besaba. Parece dirigiera una pequeña orquesta, y sus ínfimas manos manejan una batuta invisible. Ese baile siempre me ha perdido, tan cadencioso, tan apacible y dócil, enreda y desenreda sus dedos en el aire, y hasta él se postra ante esta danza. Sino la conociese tanto pensaría que me provoca espantando sus negras melenas del rostro, que ahora parece el de una niña que nunca ha roto un plato. Estoy esperando que me descoloque con alguna de sus sentencias, revelará todo lo que piensa con algún aforismo que no venga al caso, me reiré, porque siempre se me hace inevitable, para luego reflexionar durante días la razón de su dictamen. Cierta vez, recuerdo, afirmó que “la vida le cansaba”. –No, me dijo, no pienses que estoy cansada de la vida…quiero decir que la mejor vida, es la que te cansa…el mundo está loco- afirmó meneando la cabeza, y su lisa melena negra la acompañaba con gracia- las apariencias engañan…pero la cara es el espejo del alma, no es oro todo lo que reluce, lloramos de risa, la comida más rica es la que más engorda y la mejor vida cansa…jugar con mi perro me cansa, que me hagan cosquillas me cansa, salir de fiesta me cansa, hacer el amor me cansa…pasear contigo me cansa….probablemente cuando me veas cansada es porque he tenido un buen día…- ha vuelto a sacarme una sonrisa, pensé, y ahora me resulta imposible hacer algo grato sin meditar si acaso me cansa.
La conocí, maldito el día, dejándola, por hábito de esta cansina sociedad, pasar delante de mí en un bar, y con esa pícara sonrisa que acostumbra a pintar de carmín, por el simple hecho de desafiar a los desconocidos, observó –No será que quieres mirarme el culo, ¿verdad?.
Sus ojos brillaban de alcohol el día que afirmó no estar borracha, sino ebria de poder. Una tarde, se quedó mirando fijamente al videoclub, garantizándome que no le haría falta ir hacia él, sino que lo atraería para ahorrarse la caminata
-Creo que no funciona, debe ser que no estoy suficientemente concentrada hoy.
Y si no había una película buena en el cine –Bueno, decía, vamos a ver una mala y te meto mano-. Siempre sonreía, porque a mal tiempo buena cara. Pero cuando estaba nerviosa…se le hacía inevitable bailar con la mano, en sucinto tiempo comenzaría a rascarse la espalda. Acertando cada uno de sus movimientos, esperaba allí de pié, con su voz metida por mi oído, aquella aplastante condena con la que pondría fin a la conversación. Vamos princesa, di algo absurdo que me descoloque. No lograría ver una lágrima asomarse, ni siquiera de paso, porque siempre fue demasiado orgullosa para admitir que algo le dolía.-Nunca me ha hecho demasiada gracia la gente de Bilbao-dijo, por fin-se enfadan si dices “Bilbado”, aunque sea borracha, y son un tanto brutos-ha dejado de mover la mano, está más tranquila, y se la intento coger para que entienda que aún sigo aquí, esperando que continúe lo absurdo de su monólogo, porque sé que llegará a tener algún sentido- pero en esta vida todo da vueltas y vueltas, y es como una de esas peonzas que en un momento dado ya no sabes si gira a derecha o izquierda, y termino haciéndome amiga íntima, estrechando lazos que nunca pensé pudiera tener con alguien, con una chica de Bilbao, y toda la gente que la rodea resulta ser adorable.- Esta vez soy yo el que le recoge el pelo detrás de la oreja y, sin ánimo de parecer insensible, le ruego que vaya al grano.- Unamuno-explica- es de allí. Y me ha venido a la mente una reflexión del mismo: “aunque lo creamos por autoridad, no sabemos tener corazón, estómago o pulmones mientras no nos duelen, oprimen o angustian. Es el dolor físico, o siquiera la molestia, lo que nos revela la existencia de nuestras propias entrañas. Y así ocurre también con el dolor espiritual, con la angustia, pues no nos damos cuenta de tener alma hasta que ésta nos duele”…y creo que este encogimiento de pecho que me comprime, es la consciencia de tener alma que tú me causas.
- Ojala, pequeña, pudiera acceder a tu cabeza.

martes, 4 de enero de 2011

Tuve que huir


Papá ha intentado demasiadas veces arreglar el chirrido de la puerta de este armario, todas y cada una de ellas en vano. A pesar de su persistencia la madera se resiste a dejar de cantar lo que se asemeja, al menos para mí, a un áfono interrogante de una pregunta que jamás nadie pudo contestar…de una cuestión que aún hoy proseguimos haciéndonos todos. Y es la primera vez que el desafío ofrecido por ese estremecedor sonido, no consigue erizar el bello de mis brazos. Te asombrará también saber, Viti, que he logrado subirme a la inestable escalera roja; sigue moviéndose, pero hoy no son aquellos duendes juguetones, que un día juraste ver, los que la zarandean…ellos han desaparecido junto a ti, junto a nuestra inocencia, y han dejado paso a la simple ausencia de la tapa posterior izquierda, contigua al primer peldaño. Se camufla en el fondo de un olvidado estante, polvoriento e inalcanzable, una caja azul; tan intenso, que parece increíble pasara desapercibida antes. Sospecho contendrá esa añoranza que una vez lastimó tanto, el corazón está cansado…y la amargura sigue sin aliviarse. Y en efecto, allí están aquellos juguetes con los que soñaste ser Peter Pan, con los que convertías la casa en el submarino de Julio Verne, aquellos que papá escondió, llegado el momento, para ayudarnos a crecer... para ayudarnos a crecer. Huelen a ti. Exhalo una vez más la fragancia de la alegría, el perfume de tu felicidad. No me acostumbro a ser la hermana mayor. Y es ahora cuando, lo no alcanzado por la chirriante madera, es conseguido por tus recuerdos…estremezco de nuevo; es una curiosa manera de volver a sentir que sigo viva. No eres consciente de cuánto amor te has llevado. Mamá y Papá no son los mismos desde que no estás. “Elisa” ya no suena en el piano…y sospecho que mamá no conserva la partitura. El papel de las paredes es más gris que nunca, y la brisa que entra por las ventanas no logra arrastrar esta pesadumbre con ella. Ojalá pudieras volver…si supieras cuántas veces al despertar he rogado que todo fuese una amarga y execrable pesadilla…tuve que huir Viti. Tuve que escapar de esta continua aflicción. Maldita sea, llevo tanto tiempo evitando lo inapelable, parece que jamás cicatrice la herida. Y ni siquiera recuerdo el olor de la lluvia en el jardín, el orden de los cubiertos en el cajón…o la sonrisa de papá cuando abrazaba a mamá. Las paredes esperan ansiosas otro resquicio del júbilo que tu pintabas en sus días, y que saben no volverán a advertir. Es curioso…tú te has ido, pero los verdaderos fantasmas nos quedamos en esta casa.

martes, 19 de octubre de 2010

Mañana será otro día

No es la primera vez, ni será la última, que se aúna esta sensación de nostalgia con el manifiesto frío del invierno. Y aún siendo este mi hogar, lo encuentro desconocido. Las calles colmadas de hojas...y ya han caído de éstas desde que me fui. Algunos dicen que huí, mientras yo contemplo la posibilidad de seguir haciéndolo. Y en la familiar parada del autobús, en esa en que esperé durante años junto a vosotros, la misma que hoy se muestra vacía, aún rodeada de conocidos rostros, os vuelvo a ver; el forzado meneo de vuestras cabezas convierte un intento cordial de saludo en la incómoda situación que desde hace años procuramos evitar. Es como asomarse a una ventana hacia el pasado, y lo peor es que en este momento no soy capaz a recordar ninguna discusión o mala situación, y sólo evoco lo mejor de lo que antaño fue una gran amistad, las risas por todo y por nada, y la confianza que ahora se ve frustrada por ese saludo, que carece de significado y al mismo tiempo transmite íntegro su mensaje.
Hoy tan sólo me echo la culpa y agacho la cabeza. Mañana, probablemente, maldeciré este lugar y me preguntaré por qué no metí una rata en casa antes de irme, al menos así encontraría a alguien que me esperase. Quizás es porque encuentro inverosímil lo rápido que lo olvidasteis todo por lo que vuelve la pesadumbre, varias veces al mes, mientras la soledad de una tierra en la que no he nacido, pero a la que ahora ahora llamo hogar, me aleja de ese frío y húmedo aire que compartimos en los grandes e importantes momentos de nuestras vidas. Ya pienso: mañana será otro día.

lunes, 20 de septiembre de 2010

just snow

Intento, nuevamente, saltar a la comba entre las olas de nieve que me envuelven. Trazando una y otra vez distintas curvas, procurando dibujar con cada movimiento algo diferente. Algo que demuestre que soy distinto.

Últimamente tengo infinidad de discusiones conmigo mismo, más de las que querría. En ellas dispongo de todas aquellas convenientes respuestas que no te di en su momento. Ni a ti ni a ellos. A todos los que, recientemente, me han fallado. Y con cada levantar de blanca nieve soy más rápido en las réplicas, y eres tú, esta vez, la que no tiene nada que decir. La que espera estática que la razón se le presente. Tenía tanto que reprocharte, y sólo ahora, camuflado en este arropador traje, se manifiestan en mi cabeza. De modo que esta injusta fortuna despierta mi ira, la cual procuraré extinguir con el próximo salto, borrando tu cara de mi mente entre el congelador polvo que no cesa de arrollar. Suprimiendo cada una de las disputas que he tenido, cada una de las diferencias, con todos los que sugirieron en su época ser amigos…o contigo. Se supone que esta es mi única distracción, la que logra sacarme del negro pozo en el que se hunden los días gracias a cada uno de mis comederos de cabeza…gracias a ti; y aún así ahí continúas, escuchando el total de las mil respuestas que he sido capaz a darle a nuestra última pelea en mi pensamiento. En mi perfecto e imaginario mundo. Donde sólo estamos la nieve y yo. Donde tú siempre pierdes los enfrentamientos. Me aproximo a un cajón. Espero que éste sea el que consiga eliminaros a todos.

domingo, 12 de septiembre de 2010


Anoche, volví a sentir la singular necesidad de dormir desnuda. Es invierno, las horas de mis días se llenan de lluvia y el aire huele a tierra mojada. Hace frío, más ahora que no estás para espantarlo, pero recurro a las suaves sábanas de franela, aferrándome a ellas encogida en mí misma, impidiendo que mis ojos, que se acostumbraron a tí y ahora no resuelven mirar a otro, derramen la lágrima que ahogue esta soledad a la que aún no me he adaptado. Cavilo, durante breves instantes de demencia, llamarte. Olvidé, sin embargo, que hacía tiempo ya me había desprendido de tu número, al recapacitar y encontrar incoherente la idea de conservar el teléfono de alguien que no te habla. Alguien incapaz de escuchar tu voz sin estremecer. Diferencia de temperamentos, explicamos a nuestros allegados, a los curiosos...a nosotros mismos. Sé que al principio sentías ciego rencor al recordar mi nombre. Sé que esquivabas las que fueron mis crudas palabras en tu razón. Yo, que por aquel entonces no padecía más que una sensata compasión, pronto percibí la magnitud de mi equívoca decisión. Ya fuera por la nostalgia que evocaban tus recuerdos en la casa, por las quemaduras en la cocina que ya no estás para curar, por la falta de alguien que me arrope cuando me quedo dormida en el sofá...sólo repito en mi entendimiento...equívoca decisión. Ha sido en esta tarde de lluvia, de olor a tierra mojada, que te he vuelto a ver. La larga cola en la panadería camufla tu reciente presencia, ni siquiera he sabido reconocer tu voz entre el murmullo del saludo generalizado. Pero tu olor...ah....habituada ya a odiar a todo aquel que usa tu perfume, a no quedarme abatida ante la ráfaga fugaz de tu fragancia en la figura de algún transeúnte, cuya abandonada estela podría seguir cerrando los ojos incluso....es ese olor el que me obliga, inconscientemente, a girarme. Y allí estás tu, tímido, como siempre. Será esa sonrisa impávida la que destroce todos mis esquemas. Sabes, por uno u otro motivo, que estoy más que compungida. Eres consciente de que te rogaría ahora mismo que esta noche ahuyentaras mis pesadillas. Son eternos los minutos que pasan antes de que nos atiendan, y tu vuelvas al coche donde ella te espera, en el asiento del copiloto, mirando vuestras fotos en la misma cámara donde ayer yo miraba las nuestras. Bonitos verdes ojos los que ahora te acompañan. Insisto, equívoca decisión...

miércoles, 18 de agosto de 2010

thats allright because i like the way it burns


Así que ahora eres, simplemente, frío. Tus emociones se han convertido en banales actos, farsas; piensas “tiene que ser así”, y ejecutas la acción. Mecánico, llámalo costumbre. Yo lo encuentro inhumano. Un día, sencillamente, invadieron tu alma, y ni la caída más desmesurada pensaste pudiera hacer tanto daño; ni la espada más ingente clavarse tan profundo…y un océano podría atravesar tu esencia sin peligro de apagar la incandescente llama que te quema. De modo que has cubierto tu calcinada piel con una coraza, y no permites que nadie la traspase. Surgen en tu mente pensamientos que en otra época te hubieran horrorizado. Todo aquello que debería causar en ti emociones, alegrías, penas, nostalgia…acaba convirtiéndose en una mera ilusión pasajera. Sabes lo que deberías experimentar, pero la apatía, la indiferencia, es lo único que puedes transmitir. A veces disimulas, para no parecer en monstruo en que, en realidad, te has transformado. Podrías intentar ahora convertir tu impasible manera de mirar a las personas en la brillante hilaridad que nos mostraste en otra época, pero sería imposible, pues ya lo has olvidado, y de todas formas piensas…”mejor así”

viernes, 11 de junio de 2010

(= because of u


Disculpa si a veces no logro entenderte. Ciertamente lo intento. Navegar por tu mente resulta en ocasiones tan inviable, supongo que es lo que me intriga de ti. Como, extrañamente, camuflas los sentimientos y te cierras…barrera que no consigo saltar. Insisto, porque no se puede luchar contra la propia naturaleza, y tu singular manera de ser me lleva de cabeza a lo desconocido; porque psicoanalizar a los demás acaba siendo fácil, y la tarea se me torna monótona; porque sé, de alguna manera, que enredarme en tu entramado de ideas compensará, quizás con una sonrisa, quizás con un baile propio de esa hiperactividad tuya, mientras vacías la nevera y tarareas algo. Y sé que muchos se rindieron procurando entenderte, no cayeron en la cuenta de que no es necesario hacerlo, sino, simplemente, aceptarte.


Se concibe fácil la popular propuesta “sabes que estoy aquí”, que siempre acaba transformándose en un “realmente no puedo estar”. Y puede ser porque tú realmente sí que estás, o por tu manía de burlarte de mí como un intento de consolarme, algo que he de reconocer, jamás pensé pudiera funcionar. Debe ser por tu habilidad para hacerme reír, para hacerme sentir mejor…o sencillamente, distinta. Debe ser por tu incapacidad para permanecer sosegado, por tu meticulosidad a la hora de confeccionar cualquier cosa, por la forma en que silvas para cubrir los silencios, o contoneas la cabeza rítmicamente, por los abrazos en exactamente el momento que hacen falta, porque estando contigo lo demás carece de importancia, o quizás, tan sólo, porque todo acabe resumiéndose en un “por ser un verdadero amigo”. Quizás por todo esto sea por lo que me duele no lograr resolver el rompecabezas que supone tu juicio, y aún más ver que nadie ha sido capaz a hacerlo todavía. Las personas fallan, es algo irrefutable, nos rendimos ante la primera dificultad, y tú, para bien o para mal, resultas fatigosamente incomprensible. Y finalmente, fusionando el remolino de ideas, de caracteres, de imágenes y sonidos, se configura una red caótica cuya estructura desconcierta, y, cuando todo se calma, el atronador ruido cesa y los colores se muestran estables, apareces tú, y caigo en la cuenta, por fin, de que he conocido la locura. Tan sólo me queda rogar, algunos pensarán que equívocamente, para que nunca cambies. Gracias por seguir ahí. Gracias por ser tú.